Cuando recojo a Charlie del cole, siempre quiere tomar lo que él denomina como un "atajo" de vuelta a casa. Dicho atajo representa tardar 10 minutos más en llegar andando muy pausadamente, y parándonos a mirar hasta las hormigas que cruzan, por un camino en la semi-naturaleza, bajo la sombra de las higueras. A la entrada al atajo siempre tomamos nota del número de gatos en relación con la incesante cantidad de pienso alimenticio desperdigado por doquier (Charlie no alcanza a comprender por qué hay gente que sigue echando comida, si los gatos ya están más que saciados y no se la comen). La alternativa lógica al atajo es subir por la cuesta de la carretera, bajo un sol de justicia en verano, algo que te deja totalmente extenuado por alguna razón. A pesar de ser relativamente corta, le he cogido bastante manía a la dichosa cuestecita, y ese es un sentimiento compartido con muchas de las personas que llevan a los niños al cole. Pero nadie más coge el "atajo", solo lo h...